Ponsard de Gizy, el templario que se atrevió a describir su propia tortura ante los jueces del papa
En abril de 1310, cuando la mayoría de presos optaba por el silencio o la confesión resignada, un caballero templario hizo algo que pocos se atrevieron a hacer: contarle a la comisión papal, con detalle, lo que le habían hecho para que confesara.
Un preso entre miles, con una historia que sí quedó registrada
Fray Ponsard de Gizy, templario de la encomienda de Payns —la cuna original de la Orden, fundada allí por Hugo de Payens dos siglos antes—, era uno más entre los cientos de caballeros que llevaban ya casi tres años presos cuando, en la primavera de 1310, compareció ante la comisión pontificia encargada de investigar el caso a instancias del papa Clemente V, un organismo distinto y en teoría más neutral que el tribunal inquisitorial controlado directamente por la Corona francesa.
Lo que declaró sobre su propia confesión
Ponsard de Gizy retiró ante la comisión la confesión que había firmado años antes, y cuando los comisionados le preguntaron si había sido torturado, respondió describiendo con precisión el método empleado: llevaba las manos atadas a la espalda con tanta fuerza que la sangre le llegaba a brotar bajo las uñas, sujeto además con una correa que lo mantenía inmovilizado en una fosa durante largos periodos. Añadió que, si volvían a someterlo a un tormento semejante, estaba dispuesto a confesar de nuevo cualquier cosa que le exigieran, con tal de que el sufrimiento fuera breve.
Por qué su testimonio resultó tan significativo
Lo que distingue el caso de Ponsard de Gizy no es que fuera el único templario torturado —las prácticas descritas por distintos presos en Francia eran, según el consenso historiográfico, sistemáticas—, sino que su declaración quedó recogida con un detalle inusual en el registro oficial de la comisión papal, precisamente el organismo que Roma había creado para intentar comprobar, al margen de la presión directa de la Corona, si las confesiones obtenidas en Francia se sostenían por sí solas. Su testimonio, junto al de otros templarios que actuaron de forma similar esa misma primavera, formó parte del escrito de defensa colectiva presentado el 1 de abril de 1310, en el que la Orden negaba las acusaciones y pedía formalmente recibir los sacramentos de la Iglesia.
Un valor que tuvo un precio altísimo
La defensa colectiva en la que participó Ponsard de Gizy es, precisamente, el episodio que un mes después desencadenaría la matanza de los 54 templarios quemados como "relapsos" en las afueras de París, orquestada por el arzobispo de Sens para acabar con cualquier intento organizado de defensa. No hay constancia clara de que Ponsard de Gizy figurara entre los ejecutados aquel 12 de mayo de 1310, pero su testimonio detallado sobre el tormento sufrido sigue siendo, siete siglos después, una de las descripciones más directas y mejor documentadas de cómo se obtuvieron realmente las confesiones que sostuvieron todo el proceso contra el Temple.