Los sobres lacrados que nadie debía abrir: así planeó Nogaret la caída del Temple
Semanas antes del 13 de octubre de 1307, Felipe IV envió instrucciones selladas a todo el reino con la orden de no abrirlas hasta la víspera, garantizando que ninguna encomienda francesa tuviera tiempo de reaccionar
Un nombramiento estratégico tres semanas antes
La operación que acabó con la presencia del Temple en Francia no fue un arresto improvisado, sino el resultado de una preparación cuidadosamente calculada. El 22 de septiembre de 1307, reunido el consejo real en la abadía de Pontoise, Guillaume de Nogaret obtuvo el cargo de Guardián de los Sellos, la máxima autoridad judicial del reino y, no por casualidad, la que resultaba imprescindible para poder emitir en nombre del rey la orden de detención que afectaría a todas las encomiendas templarias de Francia. El nombramiento llegaba apenas tres semanas antes del golpe, tiempo suficiente para organizar la logística de una operación que debía ejecutarse de forma simultánea en todo el territorio.
Instrucciones que no podían abrirse antes de tiempo
Nogaret hizo llegar a senescales y bailíos de todo el reino sobres sellados con instrucciones precisas, acompañados de la orden expresa de no romper el sello hasta la noche previa a la fecha fijada. Esa fecha era el viernes 13 de octubre de 1307. El objetivo de la medida era evitar cualquier filtración que permitiera a los templarios reaccionar, esconder documentación, poner a salvo bienes o, sencillamente, huir antes de que los oficiales reales llegaran a sus puertas. La operación funcionó con una eficacia notable: cuando amaneció aquel viernes, prácticamente ninguna encomienda del reino de Francia logró escapar a la detención, incluida la sede parisina del Temple, donde el propio Nogaret arrestó personalmente al gran maestre Jacques de Molay junto a Godofredo de Charnay, comendador de Normandía, y Hugo de Payraud, visitador general de la Orden.
El manifiesto real difundido al día siguiente, el 14 de octubre, explicaba a la población que los templarios detenidos eran culpables de idolatría, apostasía y prácticas heréticas, una acusación que llegaba acompañada de un gesto revelador: Felipe IV trasladó el tesoro público, custodiado hasta entonces en el Louvre, hasta la Torre del Temple de París, mezclándolo con el tesoro real y con los bienes de la propia Orden recién confiscados.
Un debate historiográfico sobre el móvil real
Los historiadores no coinciden plenamente sobre qué pesó más en la decisión de Felipe IV: algunos apuntan a la deuda que el rey había contraído con el Temple y que no podía o no quería devolver, otros señalan el precedente de la expulsión y confiscación de bienes de los judíos franceses en 1306, y no faltan quienes destacan el conflicto de fondo entre la Corona y una institución que, pese a operar en territorio francés, respondía únicamente ante el papado. Lo que sí es un hecho documentado es que la operación se preparó con semanas de antelación y con un cuidado logístico que contrasta con la imagen, a veces simplificada, de una persecución puramente improvisada por fanatismo religioso.
El desenlace de aquellas confesiones extraídas en las semanas siguientes al arresto —ciento veintitrés templarios reconocieron haber escupido sobre el crucifijo, ciento cinco negaron a Cristo, según las actas del proceso— llevaría, siete años más tarde, a la hoguera de Jacques de Molay frente a Notre-Dame. Pero el origen de todo aquel proceso hay que situarlo, según coinciden los especialistas, en aquellos sobres lacrados que ningún senescal francés se atrevió a abrir antes de tiempo.
Fuentes: Wikipedia, "Guillermo de Nogaret" (contrastada con la bibliografía citada en la entrada); National Geographic Historia, "El final de los templarios"; En Un Viejo Libro, "La persecución de los templarios"; Malcolm Barber, "The Trial of the Templars", sobre la preparación previa del arresto y el debate historiográfico acerca de sus causas.