La matanza olvidada de 1310: los 54 templarios quemados en París antes de la muerte de Jacques de Molay
Cuatro años antes de la hoguera del último gran maestre, otro episodio mucho menos conocido marcó un punto de no retorno: la ejecución masiva de decenas de caballeros que se habían atrevido a retractarse de sus confesiones.
Retractarse tuvo un precio mortal
En la primavera de 1310, cientos de templarios presos en Francia se organizaron para defender colectivamente a la Orden ante la comisión pontificia encargada de investigar los cargos, retractándose de las confesiones que habían firmado años antes bajo tortura. Esa estrategia de defensa colectiva, que amenazaba con desbaratar el relato construido por la Corona francesa, provocó una reacción inmediata por parte de Felipe de Marigny, arzobispo de Sens y hermano del principal ministro real, que dependía directamente de la diócesis de París.
Un concilio provincial convocado para acelerar las ejecuciones
Marigny reunió un concilio provincial propio, distinto de la comisión papal que aún investigaba el caso, y calificó a los templarios que se habían retractado de "relapsos", es decir, herejes reincidentes, un cargo que la ley canónica castigaba con la muerte. El 11 de mayo de 1310 se dictó la sentencia contra 54 caballeros, y al día siguiente, para evitar cualquier posible intervención papal a su favor, fueron trasladados en carretas hasta un campo cercano al convento de Saint-Antoine, a las afueras de París, y quemados vivos en hogueras separadas. Según los cronistas de la época, ninguno de ellos admitió los cargos de los que se les acusaba, y varios murieron proclamando la inocencia de la Orden.
El efecto disuasorio, más que la culpa
El episodio no fue un caso aislado: en total, al menos 36 templarios habían muerto ya durante los primeros interrogatorios en París por las torturas sufridas, y a los 54 ejecutados el 12 de mayo se sumaron otros pocos días después. El objetivo, según coinciden los historiadores, no era tanto demostrar la culpabilidad de la Orden como aterrorizar al resto de presos para que no se atrevieran a retractarse de nuevo. La estrategia funcionó: tras la matanza de mayo de 1310, la resistencia organizada de los templarios franceses prácticamente desapareció, y las siguientes confesiones se sucedieron sin apenas oposición.
Por qué queda eclipsada por la muerte de Molay
A pesar de su magnitud, este episodio es hoy mucho menos conocido que la ejecución de Jacques de Molay en 1314, en parte porque careció de la carga simbólica de un gran maestre desafiando públicamente al rey y al papa, y en parte porque ocurrió mientras el proceso oficial seguía abierto, sin la sensación de cierre definitivo que sí tuvo la hoguera de Molay dos años después de la disolución formal de la Orden en el Concilio de Vienne. Para los historiadores del proceso, sin embargo, la matanza de 1310 es la que mejor explica por qué la defensa templaria se derrumbó tan rápido en los años siguientes.