Chipre, la isla donde el Temple sobrevivió gracias a un golpe de palacio
Mientras Francia torturaba y quemaba a sus templarios, la Orden se mantuvo activa en Chipre tras aliarse con el usurpador del trono; cuando el rey legítimo recuperó el poder, se vengó personalmente de sus dirigentes
El último cuartel general de Oriente
Tras la caída de San Juan de Acre en 1291, última plaza cristiana en Tierra Santa, la Orden del Temple trasladó su cuartel general a Chipre, isla gobernada por la dinastía de los Lusignan. La convivencia entre los templarios y el rey Enrique II de Chipre resultó incómoda desde el principio, hasta el punto de que la Orden acabó implicada en la revuelta palaciega de 1306 que destronó al monarca legítimo en favor de su hermano Amalarico de Tiro. Ese respaldo templario al usurpador tuvo una consecuencia decisiva: permitió que la Orden sobreviviera en la isla con normalidad varios años después de que la persecución ya se hubiera desatado en el resto de la cristiandad.
Una investigación eclesiástica sin pruebas de culpabilidad
Cuando el papa Clemente V extendió en noviembre de 1307 la orden de detención de los templarios a todos los territorios cristianos, incluido Chipre, la investigación insular se desarrolló con una moderación mayor que la francesa: la tortura, aunque empleada, se aplicó con más mesura que en el reino de Felipe IV, y la mayoría de los templarios chipriotas, al igual que ocurriría después en la Corona de Aragón, negaron las acusaciones de herejía. Según las fuentes conservadas, la comisión encargada de examinar el caso en la isla no halló pruebas sólidas que sustentaran los cargos más graves contra la Orden.
La venganza del rey restaurado
El desenlace político, sin embargo, siguió un curso propio, al margen del proceso canónico. Depuesto y enviado al exilio en Armenia en 1306, Enrique II fue finalmente liberado tras el asesinato de su hermano usurpador en junio de 1310, y desembarcó de nuevo en Famagusta el 27 de agosto de ese mismo año para recuperar su trono. Una vez restaurado en el poder, el rey exigió venganza directa contra los templarios que habían respaldado el golpe que lo había depuesto, y según recogen las crónicas de la época, varios de sus dirigentes en la isla fueron ahogados o quemados por orden real, un castigo motivado tanto por la traición política sufrida por Enrique II como por las acusaciones generales que pesaban sobre la Orden en el resto de Europa.
Un caso que mezcla proceso religioso y venganza política
El episodio chipriota resulta especialmente singular dentro del mapa europeo del proceso templario porque combina dos lógicas distintas que en otros territorios permanecieron separadas: por un lado, una investigación eclesiástica que, como en Aragón o Inglaterra, no encontró pruebas concluyentes de herejía; por otro, un ajuste de cuentas estrictamente político, protagonizado por un monarca que buscaba castigar no una desviación doctrinal, sino una deslealtad dinástica muy concreta. Fue finalmente Enrique II quien, ya en 1313, supervisó personalmente la disolución oficial de los templarios en Chipre y la transferencia de sus bienes a la Orden del Hospital, cerrando así, con un gesto cargado de ironía histórica, el capítulo de la Orden en el que durante años había sido su última gran base de operaciones en Oriente.
Fuentes: Wikipedia, "Enrique II de Chipre" (contrastada con la bibliografía citada en la entrada); Wikipedia, "Caballeros templarios", apartado sobre la implantación de la Orden en Chipre tras la caída de Acre; En Un Viejo Libro, "La persecución de los templarios"; estudio comparado sobre la aplicación desigual de la tortura en los distintos territorios del proceso, con referencia a Malcolm Barber, "The Trial of the Templars".