¿Tenían prohibido reírse los templarios? Tres curiosidades de la Regla del Temple, entre la norma real y la exageración popular
Algunas de las restricciones más repetidas sobre la vida cotidiana templaria están, en efecto, recogidas en su reglamento original. Pero conviene distinguir la norma exacta de la versión simplificada que circula hoy.
Mito 1: tenían terminantemente prohibido reírse
Es cierto que la Regla Primitiva del Temple, redactada tras el Concilio de Troyes de 1129, contiene disposiciones que restringen explícitamente la risa, las bromas y las palabras ociosas, calificándolas de vanidades impropias de la vida religiosa que debían llevar los caballeros, en línea con la austeridad cisterciense que inspiró buena parte de su reglamento. Sin embargo, la formulación exacta habla de moderación y sobriedad en el trato cotidiano —evitar la charla vana, las bromas y la actitud desenfadada—, no de una prohibición absoluta de sonreír o reír en cualquier circunstancia, un matiz que suele perderse en las versiones más simplificadas que circulan hoy sobre esta norma.
Mito 2: vestían con lujo y llevaban muchas posesiones personales
La imagen cinematográfica del caballero templario cargado de ornamentos contradice directamente el espíritu de su Regla, centrada en un voto de pobreza estricto: los caballeros debían vestir de forma sencilla, sin adornos superfluos, dormir con ropa modesta, y la propia Regla insiste en que ningún hermano debía poseer bienes personales más allá de lo estrictamente necesario, ya que todo pertenecía a la comunidad. Incluso la alimentación estaba reglamentada con precisión —tres raciones de carne por semana, dos platos los domingos—, un nivel de control cotidiano muy alejado de la imagen de opulencia individual que a veces se proyecta sobre la Orden.
Mito 3: la Orden llegó a tener millones de miembros en toda Europa
Las cifras que circulan sobre el tamaño total de la Orden del Temple varían enormemente según la fuente, y algunas versiones muy divulgadas hablan de decenas de miles o incluso cifras exageradas de miembros repartidos por Europa y Oriente Próximo. Los historiadores especializados en el proceso, en cambio, trabajan con estimaciones bastante más modestas: en torno a un millar de caballeros en el momento de mayor expansión de la Orden, a los que había que sumar un número más amplio de sargentos, hermanos legos, capellanes y personal administrativo y agrícola en las encomiendas rurales, lo que sitúa el total de miembros en varios miles, no en las cifras masivas que a veces se atribuyen a la Orden en la cultura popular.