¿Los templarios abandonaron Tierra Santa sin luchar? Tres mitos sobre su poder militar y comercial, contrastados
La imagen de una Orden todopoderosa que controlaba en secreto el comercio de Oriente, y que después habría huido sin resistencia de Tierra Santa, no encaja del todo con lo que documentan las crónicas del sitio de Acre.
Mito 1: los templarios fueron responsables, por su cobardía, de la pérdida de Tierra Santa
Una idea muy extendida atribuye la caída definitiva de los estados cruzados a una supuesta negligencia o cobardía templaria. Las crónicas del sitio de Acre en 1291, sin embargo, cuentan una historia distinta: el propio gran maestre del Temple, Guillaume de Beaujeu, murió combatiendo durante el asedio, y los templarios fueron de los últimos defensores en resistir dentro de la ciudad, manteniendo su cuartel hasta el 28 de mayo, diez días después de que el grueso de Acre hubiera caído ya en manos mamelucas. La pérdida final de Tierra Santa respondió a un conjunto de causas mucho más amplio —el declive del apoyo europeo a las cruzadas, la superioridad militar mameluca y la pérdida progresiva de plazas fuertes durante décadas—, no a una actuación individual de la Orden del Temple en sus últimos días de existencia en Oriente.
Mito 2: mantenían un ejército permanente de decenas de miles de soldados
Las cifras que circulan sobre el poderío militar templario suelen ser notablemente exageradas. Los historiadores especializados calculan que, en su momento de mayor fuerza, la Orden pudo movilizar en torno a un millar de caballeros en total, apoyados por un número mayor de sargentos y mercenarios contratados puntualmente para campañas concretas, una fuerza considerable para la época pero muy alejada de los ejércitos de decenas de miles de soldados que a veces se le atribuyen en la cultura popular, cifras que corresponderían más bien a coaliciones cruzadas completas que a una sola orden militar.
Mito 3: controlaban en secreto las rutas comerciales de especias y seda de Oriente
Es cierto que el Temple gestionaba una notable red logística y financiera que facilitaba el movimiento de peregrinos, mercancías y capital entre Europa y Oriente Próximo, y que se beneficiaba de aranceles y tasas de paso en algunos de sus territorios. Sin embargo, la idea de un control monopolístico y secreto sobre el comercio de especias o seda no encuentra respaldo en la documentación mercantil de la época, que sitúa ese comercio principalmente en manos de repúblicas mercantiles como Venecia, Génova y Pisa, con las que el Temple colaboraba y a veces competía puntualmente por el control de determinados puertos, pero sin ejercer jamás el dominio comercial exclusivo que le atribuyen algunas teorías modernas.