Templarios en Castilla: por qué el rey Fernando IV se quedó con casi todos sus bienes, en contra del mandato papal
El papa Clemente V ordenó entregar el patrimonio templario a los Hospitalarios en toda la cristiandad, pero en Castilla y León esa orden se cumplió solo a medias: la Corona se quedó con la mayor parte, y los caballeros de San Juan tuvieron que conformarse
Un proceso más lento y menos violento que el francés
En Castilla, el rey Fernando IV recibió con cautela las presiones de Felipe IV y Clemente V para actuar contra los templarios. La crónica del reinado apenas menciona a la Orden antes de 1307, y las primeras detenciones no se produjeron hasta 1308, cuando una comisión formada por los arzobispos de Toledo y Compostela y varios obispos comenzó a investigar el caso. A diferencia de Aragón, donde templarios como Rodrigo Yáñez resistieron atrincherados en castillos como Miravet o Castellote, en Castilla no hay constancia de una resistencia armada organizada comparable, y el proceso avanzó de forma administrativa antes que militar.
La bula que dejó la puerta abierta
Cuando el Concilio de Vienne disolvió la Orden en 1312, la bula Ad providam del papa Clemente V asignó en principio todos los bienes templarios a la Orden del Hospital, pero incluyó una excepción explícita para los reinos de Castilla, Aragón, Portugal y Mallorca, cuyo destino quedó reservado a negociación directa con la Santa Sede. Esa cláusula, lejos de ser un simple trámite, abrió años de disputa legal entre la Corona castellana y los Hospitalarios por el control efectivo del patrimonio templario en el reino.
Fernando IV se adelantó a la bula
Antes incluso de que se resolviera formalmente esa disputa, Fernando IV ya se había apoderado de buena parte de los bienes templarios castellanos y leoneses en cuanto se abrió el proceso contra la Orden, repartiendo algunos castillos entre sus propios vasallos. Según los registros de la época, la Orden del Temple llegó a poseer en Castilla unas veinticuatro bailías o encomiendas y más de una decena de poblaciones de cierta importancia. De todo ese patrimonio, la Corona conservó la mayor parte, mientras que una porción menor se repartió entre las órdenes de Santiago y Calatrava; los Hospitalarios, pese a ser los beneficiarios oficiales según la bula papal, recibieron en la práctica una fracción muy reducida.
Un patrón que se repite en toda la península
Este resultado no fue exclusivo de Castilla: en Portugal, los Hospitalarios no recibieron prácticamente nada, ya que el rey Dionisio canalizó el patrimonio templario hacia la nueva Orden de Cristo, y en Aragón, buena parte de los bienes terminó en manos de la recién creada Orden de Montesa en 1319. El patrón ibérico, frente al modelo francés de disolución y persecución total, fue el de una negociación prolongada entre las coronas y Roma, en la que los reyes peninsulares defendieron con éxito su interés directo sobre un patrimonio que consideraban demasiado valioso para cederlo íntegramente a una orden extranjera como el Hospital.