El rey que legó su reino a los templarios: el sorprendente testamento de Alfonso I el Batallador en Aragón
En 1131, sin descendencia y en pleno asedio a Bayona, el rey de Aragón y Pamplona dejó por escrito una decisión casi sin precedentes en la Europa medieval: repartir su corona entre tres órdenes militares religiosas.
Un testamento que sorprendió a sus propios nobles
Alfonso I de Aragón y Pamplona, conocido como "el Batallador" por su intensa actividad militar contra los reinos musulmanes de taifas, conquistó Zaragoza en 1118, el mismo año en que se fundaba en Jerusalén la futura Orden del Temple. Sin hijos y consciente de que su muerte abriría una crisis sucesoria, redactó en octubre de 1131, durante el asedio a la ciudad francesa de Bayona, un testamento que dejó atónitos a sus vasallos: legaba la totalidad de su reino, a partes iguales, a tres instituciones religioso-militares con sede en Jerusalén: la Orden del Santo Sepulcro, la Orden del Hospital y la Orden del Temple.
Por qué eligió a las órdenes militares
La decisión no surgió de la nada. Años antes, en 1130, la viuda del noble Gastón de Bearn ya había cedido tierras aragonesas al Temple cumpliendo la última voluntad de su marido, y otros nobles del reino habían hecho donaciones similares al Hospital y al Santo Sepulcro. Para Alfonso I, entregar su corona a estas órdenes garantizaba que la lucha contra el islam en la península continuara con la misma intensidad después de su muerte, sin depender de una sucesión dinástica incierta. Ratificó su decisión en Sariñena en 1134, apenas tres días antes de morir a consecuencia de las heridas sufridas en la batalla de Fraga.
Un legado imposible de cumplir
El testamento resultó, en la práctica, irrealizable: la nobleza aragonesa y navarra rechazó de plano ceder sus tierras a instituciones extranjeras, y el reino terminó dividiéndose entre el hermano de Alfonso, Ramiro II "el Monje", en Aragón, y García Ramírez en Navarra. Sin embargo, las órdenes militares no se quedaron sin nada: para evitar el conflicto abierto, la Corona de Aragón negoció con ellas una compensación sustancial, formalizada en el Concordato de 1140 y ratificada por el papa en 1157, que incluía castillos, exenciones fiscales y el compromiso de entregarles una quinta parte de todos los territorios que se conquistaran a los musulmanes en el futuro.
La huella que dejó en la Reconquista aragonesa
Ese compromiso explica en buena medida por qué el Temple llegó a controlar en Aragón fortalezas tan importantes como Monzón, Castellote o Alcañiz, mucho más que en otros territorios peninsulares: no partía de cero, sino de un acuerdo que reconocía, en la práctica, el espíritu del testamento original de Alfonso I, aunque no su letra. La disolución de la Orden en 1312 llevó a Jaime II de Aragón a repartir ese patrimonio entre la nueva Orden de Montesa, creada específicamente para heredar los bienes templarios y hospitalarios en el reino de Valencia, y otras instituciones locales.